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Parroquia de la Purísima Concepción

Al 910 de la Avenida Independencia está enclavada la Parroquia Inmaculada Concepción, que pocos saben es la más antigua de la ciudad. Su historia empieza en 1727, cuando el obispo de la ciudad Pedro Faxardo presidió una reunión de caballeros, entre ellos el Gobernador del Río de la Plata Mauricio Bruno de Zavala, para conseguir la donación del terreno en Independencia y Tacuarí y allí levantar una humilde capilla. En 1733, Juan Guillermo González y Gutiérrez de Aragón erige la capilla bajo la doble advocación del Arcángel San Miguel y Nuestra Señora de los Remedios.

En 1738, Matías Flores y su esposa compraron a la Hermandad de la Santísima Caridad la capilla. La rehabilitaron con las debidas licencias del obispo y la pusieron bajo la advocación de la Pura y Limpia Concepción. En 1740 se celebraron los primeros bautismos y en 1749 se la nombró Viceparroquia de la Catedral, siendo declarada Parroquia 20 años después por el obispo Villasan.

El templo actual, de estilo románico, fue construido en 1862 y consagrado en 1865. Fue luego restaurado por el Cgo. José G. García Zúñiga, que falleció en 1884, terminándose de construir en 1865. En la actualidad, el imponente templo ocupa 17 metros de ancho por 63 de largo y las naves laterales tienen 4 capillas cada una con su cúpula y su altar. La cúpula de la nave central es de 25 metros de altura.

Esta parroquia tuvo mucho que ver con la inmigración negra de la zona. “El barrio donde dominaba la población africana se llamaba barrio del Tambor… Era una jurisdicción de 20 manzanas comprendidas en la jurisdicción de islas parroquias de San Telmo, Concepción, Santa Lucía y Monserrat (sic)…” (2).

Asimismo, cuando el 16 de junio de 1955 se quemaron numerosos templos cercanos (San Ignacio, Santo Domingo, entre otros) la Parroquia no sufrió daño alguno, supuestamente porque fue protegida por la Comisaría a cargo de esa jurisdicción, aunque también se dice que fue porque era una “iglesia popular” ya que la mayoría de sus feligreses simpatizaban con el peronismo.

Al entrar a la Iglesia, se siente un murmullo generalizado que es el rezo de los fieles ante cada invitación a orar del Párroco. El ambiente es oscuro, lleno de imágenes, pero el altar está lleno de flores coloridas. Los fieles se ven atentos al sermón con sus cabezas inclinadas y los cánticos son tenues, casi susurrantes. Se nota el respeto, casi devoción, hacia el padre que da la misa.

Detrás del altar muy iluminado y cubierto con una tela blanca donde en cada extremo hay un candelabro con una vela prendida, el padre Alfonso Pablo Schatti, de origen suizo, quien desde hace 22 años está a cargo de la parroquia, transmite la palabra del Señor a los fieles con la solemnidad y respeto que impone el momento de la misa. Delante de él hay un pesebre lleno de luces de colores en todo su contorno, que alude a la cercanía de las fiestas navideñas.

El sermón ocupa gran parte del servicio religioso y es allí donde el padre -dirigiéndose a la comunidad religiosa- pregunta “¿No será el momento para dar un testimonio de fe?”, o propone “tener a Jesús en el alma, esa es la alegría”, invitando así al rezo generalizado. Al terminar, se realiza la colecta donde cada uno aporta lo que puede con el fin de que la parroquia obtenga ayuda para los necesitados que se acercan a ella.

En este sentido, al conversar con el párroco, éste nos dice que “la actividad comunitaria de la parroquia es muy amplia. Los jóvenes tienen la Escuela Parroquial Inmaculada Concepción -Carlos Calvo 1186- fundada por el padre Guillermo Etchevertz, que consta de nivel inicial, primario, secundario y superior; los boy scout; también el tercer domingo del mes se realiza la colecta de Cáritas, juntamos alimentos no perecederos para las familias asistidas, trabajamos junto a Alcohólicos Anónimos y se dan conciertos de órgano y presentaciones del Coro Nacional de Niños, entre otras muchas cosas”.

Un dato histórico interesante tiene que ver con Plaza Independencia, el “hueco” lindero a la iglesia que ocupaba medio solar. En 1853, la plaza fue escenario de los fusilamientos de Ciriaco Cuitiño –comisario de Policía durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas- y Leandro Antonio Alen, padre de Leandro N. Alem, y abuelo de Hipólito Yrigoyen. Los condenados fueron ejecutados a las 9 de la mañana, sobre el paredón de la Iglesia de la Concepción, y luego los cadáveres de ambos se exhibieron colgados durante cuatro horas ante la vista de miles de vecinos, en la plaza. Cuentan que en esa oportunidad el comandante Cuitiño pidió a sus verdugos hilo y aguja de coser, explicando: “Como después de fusilados nos van a colgar, no quiero que a un federal ni de muerto se le caigan los pantalones”. Obtenidos los elementos pedidos, se cosió el chaleco al pantalón.

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