google-site-verification=i8BJdhcBYIU6BoWbD9nhrY9sJEGzsIAS2ktqPThSTfA

¿Qué es ser un laico consagrado?

En el rico entramado de la Iglesia Católica, existen vocaciones que no siempre son fáciles de comprender a primera vista. Una de ellas es la del laico consagrado: hombres y mujeres que, sin ser sacerdotes ni religiosos, sienten el llamado a una entrega total a Dios desde su condición de bautizados que viven en medio del mundo.

Esta vocación, tan antigua como la propia Iglesia, ha ido tomando formas diversas a lo largo de los siglos y hoy se presenta como un camino de santidad accesible para quienes, sintiendo el impulso del Espíritu Santo, desean dar un paso más en su seguimiento de Cristo sin abandonar su vida cotidiana.

¿Qué es un laico consagrado?

Un laico consagrado es una persona bautizada que, sin haber recibido el sacramento del orden sacerdotal, se siente llamada a una consagración especial a Dios. Para responder a esa llamada y estar totalmente disponible, hace votos —o promesas— de pobreza, obediencia y castidad, los llamados consejos evangélicos que Jesús propuso a quienes quieren seguirle más de cerca.

El Código de Derecho Canónico lo expresa con claridad: «La vida consagrada por la profesión de los consejos evangélicos es una forma estable de vivir en la cual los fieles, siguiendo más de cerca a Cristo, se dedican totalmente a Dios». Esa consagración se suma a la recibida en el Bautismo, y por eso se habla de un «nuevo y especial título destinado al servicio y al honor de Dios», como recordó el Concilio Vaticano II.

Diferencias clave con otras vocaciones

ConceptoLaico consagradoSacerdote / CleroReligioso (Fraile / Monja)Laico común
Sacramento de OrdenNoSí (Presbiterado)Solo si es sacerdoteNo
Voto de celibatoSí (en el rito latino)No (pueden casarse)
Forma de vestirRopa civil comúnClergyman / SotanaHábito de su ordenRopa civil común
Enfoque de vidaDentro del mundo secularParroquias y diócesisConventos o monasteriosFamilia y trabajo común

¿Cómo viven su consagración?

Los laicos consagrados pueden adoptar distintas formas de vida, según el llamado que cada uno haya recibido:

  • Institutos de vida religiosa: Son los conocidos religiosos y religiosas —dominicos, franciscanos, clarisas, entre muchos otros— que viven en comunidad y emiten votos públicos. Pero atención: aunque popularmente se los llame «religiosos», en sentido canónico siguen siendo laicos, a menos que reciban la ordenación sacerdotal. Aquellos que nunca son ordenados son los llamados «hermanos legos» o «hermanos laicos».
  • Institutos seculares: Sus miembros, viviendo en el mundo y dedicándose a las profesiones más diversas, aspiran a la perfección de la caridad y buscan santificar el mundo «desde dentro». Pueden vivir solos, con sus familias o en pequeños grupos, y su consagración suele ser mediante votos privados.
  • Sociedades de vida apostólica: Agrupan a quienes, sin votos religiosos, buscan un fin apostólico específico y llevan vida fraterna en común. San Felipe Neri es considerado el padre de las sociedades masculinas y san Vicente de Paúl de las femeninas.
  • Orden de las vírgenes: Una forma antiquísima de consagración, recuperada tras el Concilio Vaticano II, para mujeres que, sintiendo la vocación a la virginidad, son admitidas por su obispo diocesano a este estado de vida. No es un instituto religioso ni tiene superioras; cada virgen consagrada vive su consagración en medio del mundo, bajo la autoridad del obispo.
  • Eremitas y anacoretas: Hombres y mujeres que, llamados a la soledad y el silencio, viven su consagración en retiro, dedicados a la oración y la penitencia.

¿Y los terciarios?

Fuera de la consagración canónica, existen las llamadas terceras órdenes seculares —los terciarios—, cuyos miembros, viviendo en el mundo y participando del espíritu de un instituto religioso, se dedican al apostolado y buscan la perfección cristiana. Pueden ser casados o solteros, y no emiten votos religiosos.

También hay laicos que prestan servicios litúrgicos como lectores o acólitos, y otros que colaboran en la Iglesia de múltiples formas, sin ningún vínculo canónico especial.

Laico no es «segundón»

San Juan Pablo II, en una audiencia general de 1994, explicó que la palabra «laico» no debe entenderse como un estado inferior o de segunda categoría. Laico es, en sentido estricto, todo bautizado que no ha recibido el sacramento del orden. Y entre los laicos hay consagrados que, con pleno sentido y madurez, quieren vivir su vida, por vocación, al servicio de Dios y de la Iglesia.

La diferencia entre un laico consagrado y un laico común no está en un supuesto «nivel» superior de santidad, sino en el tipo de vocación. Como explicaba un joven consagrado a Aleteia: «Lo que se llama vida consagrada no creo que sea un nivel distinto, superior, que te acerque más a Dios; lo que es distinto es la llamada: el camino de santidad o el proyecto de Dios para cada uno».

Consagrados en el mundo

La característica más hermosa de la vida de los laicos consagrados es que, a diferencia de los religiosos que viven en comunidad y con un hábito que los distingue, ellos siguen en medio del mundo. Van al trabajo, comparten la vida familiar, participan de la vida del barrio. Pero todo lo hacen con una mirada distinta, buscando hacer presente el Reino de Dios en los lugares más cotidianos.

Esta vocación, a veces silenciosa y poco conocida, es una riqueza inmensa para la Iglesia. Porque demuestra que la santidad no está reservada a los sacerdotes ni a los que viven encerrados en un convento. También hay quienes, desde la sencillez de una oficina, un aula o una cocina, se consagran a Dios con todo su ser, ofreciendo cada gesto y cada palabra como una oración viva.