Una historia del Virreinato del Río de la Plata

El Virreinato del Río de la Plata tuvo vigencia del 1º de agosto de 1776 hasta hasta Julio de 1816, siendo sus últimas autoridades D. Francisco Javier de Ello y D. Gaspar de Vigodet, ambos con sede en Montevideo. Estuvo a cargo de once virreyes. Uno sólo americano, Vértiz y otro francés, Liniers. Sino fuera por algunas calles que llevan sus nombres son poco recordados. Por otra parte las pocas huellas de los representantes de la corona tampoco suelen alimentar la base de datos del actual turismo urbano.

A espaldas del hotel Intercontinental, a metros de la Avenida de Mayo, está enterrado el quinto virrey en estas tierras. Siendo el primero que falleció en América tras ocupar el sillón de don Pedro de Cevallos.

El sepulcro de don Pedro de Melo de Portugal y Villena está,desde el 22 de abril de 1797, en el costado derecho del altar de San Juan Bautista. La iglesia de la esquina de Alsina y Piedras. Las guías turísticas porteñas no incluyen este dato tan poco conocido. Mucho menos la accidentada muerte del virrey. Y nada de su curiosa exhumación. El dato de su entierro en Buenos Aires se rastrea en viejos papeles. También en las Memorias Curiosas escritas por Juan Manuel Berutti ( (1777-1856). En Buenos Aires, ciudad secreta, de Germinal Nogués, señala a Melo como único gobernante de aquel entonces sepultado en Buenos Aires. Pero los registros de Berutti de 1804 detallan con precisión la enfermedad y muerte del octavo virrey: Joaquín del Pino y Rozas, Romero y Negrete, suegro de Rivadavia.

Berutti anotó que el 9 de abril de aquel año:

la gravedad del ilustre enfermo hizo que el flamante obispo Benito de Lué y Riega llevara los santos óleos bajo palio -y en compañía de toda la clerecía, Cabildo eclesiástico y el secular junto con la Real Audiencia en pleno, cuerpo que ese mismo día decretó asumir el mando- hasta la cama del moribundo. En abril 11 falleció el excelentísimo señor virrey y fue enterrado el 13 por la mañana en el panteón de la Santa Iglesia Catedral

Pero la muerte asechó al virrey Melo siete años antes de la agonía del virrey Del Pino. Había decidido defender la banda oriental del río. Para ello la recorrió en toda su extensión. En el camino de regreso a Montevideo, cerca de Pando, tuvo un grave accidente de caballo. Postrado y persuadido de que se acercaba su agonía, rogó se lo enterrara en el porteño templo de las Capuchinas. Murió el 15 de abril de 1797, se lo revistió con el hábito de Santiago y fue embarcado. El 22 se lo enterró en San Juan Bautista. En su lápida hoy se lee: “Aquí yace, por afecto a las vírgenes esposas de Jesucristo, el Exmo. Señor D. Pedro Melo de Portugal y Vilena”, extenso epitafio que remata asegurando que “vivió 63 años, 11 meses y 16 días”.

Ciento trece años después, durante el Centenario, el capellán Pedro Sardoy descubrió un camino de hormigas contiguo al patio del convento. Alli estan enterrados defensores y enemigos de los combates de la Segunda Invasión Inglesa. Sardoy descubrió que el camino de las hormigas provenía del sepulcro virreinal. Exhumado el virrey -lo publicó Julio A. Luqui Lagleyze y lo reprodujo B. Lozier Almazán en su Martín de Alzaga – se descubrió que provenían de la calavera del encumbrado occiso. El esqueleto de las manos sostenía una espada de oro y plata que, retirada, se fundió en una patena de celebración sacramental.

Los otros virreyes

Siete virreyes rioplatenses murieron en España, dos en Buenos Aires, y Liniers, fusilado en Cabeza de Tigre el 26 de agosto de 1810.

El catalán Gabriel de Avilés, único que asumió dos virreinatos. Séptimo virrey rioplatense que tuvo varias y sucesivas funciones en Chile. También actuó en el Perú contra la insurrección de Túpac Amaru. Asumió tardíamente en Buenos Aires el 14 de marzo de 1799 y su gobierno fue breve. En marzo de 1800 falleció el virrey del Perú Ambrosio O´Higgins, padre del prócer chileno. La corona hizo un enroque: mandó a Avilés en su reemplazo a Lima y trajo de la gobernación de Chile a Del Pino para asumir en Buenos Aires. Pero Avilés dejó su trono peruano en 1806. Aunque residió en Lima hasta 1810 cuando se embarcó hacia España. Estaba a bordo cuando se sintió enfermo de gravedad y desembarcó en Valparaíso. Allí murió el 19 de setiembre de aquel año del proceso revolucionario.

Su memoria

Los edificios donde transcurrieron episodios de la vida de estos personajes han desaparecido. A excepción de la casa de Sobremonte, en Córdoba, su sede de gobernador antes de su virreinato. En la porteña calle Bolívar 553 existió hasta 1920 la casa que alquiló la familia de Cisneros después de ser defenestrado por los patriotas.

Quizá la casa de mayor significación en la historiografía de la ciudad haya sido la Casa de la Virreyna Vieja del siglo XVIII. Que mucho tiempo sobrevivió en la esquina noroeste de Perú y Belgrano. Ocupada por la viuda del virrey Del Pino, doña Rafaela de Vera y Muxica.

Los virreyes consiguieron por lo menos memoria permanente en la toponimia de Buenos Aires. Un damero de calles entre las estaciones Belgrano R y Colegiales, donde se recuerda a Loreto, Arredondo, Olaguer y Feliú, Del Pino y Avilés. Liniers tiene calle entre Once y Boedo. Vértiz logró una avenida que lame la barranca de Belgrano. Cisneros, en cambio, mereció apenas un pasaje en La Paternal, un sándwich que le hacen las calles Caracas y Gavilán al 1600.

baiglesias

I am Miguel Cabrerta Journalist and BA IGLESIAS founder`s . Currently living in Buenos Aires, Argentina. My interests range from religious tourism to writing. I am also interested in sports and running.

2 comentarios sobre “Una historia del Virreinato del Río de la Plata

  • el 12 mayo, 2018 a las 2:56 am
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    ¿Y la casa de Liniers, en la xalle Venezuela 649 de CABA, que se conserva como en la época colonial…?

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    • el 12 mayo, 2018 a las 6:11 am
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      Muchas gracias por el aporte!!! La historia de la casa es larga y movida. Fue construida en el siglo XIX por los Sarratea, familia prominente de la colonia y famosa de la independencia. La casona fue brevemente hogar de Santiago de Liniers, un Sarratea por casamiento, y ahí capitularon los ingleses y firmaron su rendición formal. La casa pasó durante el siglo XIX a los Estrada, que se fueron emparentando con los Sarratea y tomaron una decisión literalmente histórica: preservar la estructura colonial, dejarla intacta

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