Lo que hoy es el Barrio de Flores, ya desde que Garay refundó Buenos Aires, tuvo dueño. Hacia 1609, el señor Mateo Leal de Ayala, un ganadero proveniente de Perú, quien llegó a ejercer el gobierno de Buenos Aires, compró las tierras que más tarde conformarían el casco del pueblo.

Luego de diversas herencias, adquisiciones y ventas, Don Juan Diego Flores se hizo de las tierras en 1776 (como dato anecdótico encontré, en un libro de la Junta Histórica de Flores, que pagó 500 pesos de plata en dos cuotas) y hacia 1800 la chacra abarcaba desde el Riachuelo hasta la chacra de los Colegiales y desde Miserere hasta Ramos Mejía. Al morir, en 1801, las dejó en herencia a su hijo adoptivo Ramón Francisco. Este, en el año 1805, siguiendo el consejo de su administrador y amigo íntimo de su padre, Antonio Millán, decidió fraccionar la parte central de su propiedad, la cual era atravesada por el camino Real, actual avenida Rivadavia, en pequeños lotes.

1859-002En la misma época Benito Lué y Riega (Obispo de Buenos Aires desde 1802) realizaba una visita pastoral por la campaña, comprobando la falta de asistencia religiosa de los pobladores de la región, vio así la necesidad de crear un nuevo curato, y le solicitó a Flores poder hacerlo en sus tierras.

El obispo aceptó la donación y elevó el pedido al Virrey Rafael de Sobremonte quien lo autorizó inmediatamente. Lue y Riega, mediante un Auto de Erección, el 31 de mayo de 1806,  creó el Curato bajo la advocación de San Joseph con el agregado de Flores en agradecimiento a la familia donante.

En noviembre de ese mismo año, los vecinos comenzaron por su cuenta a levantar la primera capilla sobre la actual calle Rivera Indarte con frente hacia el Este. Era una construcción precaria, erguida con materiales inadecuados, techo de paja sostenidos por tirantes de palmera y paredes de adobe. El presbítero Simón de Bustamante fue el primer sacerdote interino del templo y  ocupó formalmente ese puesto hasta el 4 de diciembre de 1808 en que se hizo oficialmente cargo del curato el padre Miguel Garcia.

Altar virgen de lujan en san jose de floresAl poco tiempo comenzó a mostrar filtraciones de agua y graves rajaduras en sus paredes, con lo que amenazaba desplomarse sobre los feligreses. El Obispo, entonces, comenzó a recaudar limosnas en dos oratorios particulares.

García debió abocarse con urgencia a reedificar todo. Era doctor en Teología egresado de las universidades de Córdoba y Chuquisaca, de una cultura poco común para la época. Con los años llegó a ser presidente de la Legislatura y más tarde, Rector de la Universidad de Buenos Aires.

Para poder edificar un templo más sólido y duradero, el sacerdote no dejó propietario sin visitar, consiguiendo lo que muchos consideraban casi imposible, sacarle en donación al propio Ramón Francisco Flores: doce mil ladrillos de primera calidad. Los habitantes del barrio eran de muy pocos recursos económicos y el padre poco pudo hacer con el escaso dinero así obtenido.

Techo san jose de floresEl 19 de febrero de 1810 comenzaron a realizarse los cimientos de la nueva Iglesia, en una extensión aproximada de “8,5 varas de frente por 20 de fondo”, pero, el 12 de mayo de 1810 los trabajos tuvieron que suspenderse nuevamente por falta de fondos.

Casi un año después, el 18 de febrero de 1811 recomenzaron las obras, quedando nuevamente suspendidos el 10 de mayo de ese mismo año. Al no lograr darle término, el presbítero García se vio obligado a establecer la Iglesia en uno de los corredores contiguos al edificio en construcción, y durante dos décadas se mantuvo en ese lugar.

En febrero de 1830, se hizo cargo del curato el doctor Martín Boneo, amigo personal de Juan Manuel de Rosas. El padre Boneo no dudó en contactar con los referentes de las clases acomodadas de la época para recaudar el dinero suficiente para terminar el templo. Nombró como síndicos de la obra a los terratenientes Juan Nepomuceno Terrero y Luis Dorrego y poco después obtuvo algo más importante: la solidaridad del gobernador Juan Manuel de Rosas, a quien nombró padrino del templo y quien jugó un papel decisivo para su concreción.

El afamado ingeniero Felipe Senillosa, autor de los planos, tomó con agrado la dirección de la obra en forma totalmente gratuita. La iglesia se inauguró el 11 de diciembre de 1831 con grandes festejos populares que se prolongaron durante toda la semana. Lo consagró el obispo Medrano y Cabrera con la presencia del gobernador de Buenos Aires y ofreció la primera misa el doctor José María Terrero, aunque todavía faltaba terminar el pórtico y la segunda torre, que se concluyeron en 1833.

De aquella primera iglesia quedan pocos testimonios, entre ellos unos grabados de Carlos Pellegrini.