En noviembre de 1860, con el permiso del gobernador de Buenos Aires, Bartolomé Mitre y con la autorización del Obispo Diocesano, Mariano José Escalada, se comenzó una obra con planos y dirección del arquitecto Pedro Benoit. En 1861 don Marcelino Rodríguez Alvear (un terrateniente residente en Rauch) ve con beneplácito edificada la primera capilla en honor a Santa Catalina de Alejandría y la primera escuela en los mismo terrenos donde hoy se encuentra. De esta manera, veía cumplido el sueño de su hermana y de su padre Marcelino Rodriguez.

Existe un acta de fundación este documento fue suscrito por el propulsor de la obra y el cual transcribo parcialmente:

En Buenos Aires, a 25 de noviembre de 1861, reunidos en la sacristía de la Capilla erigida en honor de Santa Catalina, virgen y mártir, después de la función solemne que se ha celebrado; se ha procedido a levantar un acta de los hechos que han motivado la erección de este templo, a fin de que ellos queden consignados ad perpetuam rei memoriam (para perpetuar la memoria de la cosa). Hace un siglo que nuestro abuelo, el Dr. Januario Fernández, hizo traer de España la imagen de Santa Catalina, virgen y mártir, a la que tenía una devoción especial y cuya función celebraba con la mayor religiosidad (1). Después de su fallecimiento, la familia siguió las mismas prácticas, y, últimamente, su nieta y mi hermana, Da. Catalina Rodríguez de García, conservando la imagen en su poder, celebraba la función todos los aniversarios en el templo de Santo Domingo. Yo no podía ser indiferente a un culto tan sinceramente prestado por mis antecesores, y, dominado por un sentimiento religioso, como un débil tributo a su memoria y queriendo hacer algo en bien de la religión y de mi país, concebí la idea de fundar una capilla y todo lo a ella anexo, con mis recursos y en terrenos de mi propiedad

La capilla se instaló con tres altares: dos de ellos, el de Nuestra Señora del Carmen y de San José, fueron por pedido del primer capellán Carlos Palomar, y el segundo en recuerdo a Margarita Barrios de Vitón, una amiga de la familia Rodriguez Alvear. Como un hecho digno de atención, por su antigüedad, vale aclarar que la peana donde descansaba la imagen de Santa Catalina, fue construida con la madera de los olivos seculares que fueron plantados por el abuelo del bienhechor,  Januario Fernández.  La imagen de Santa Catalina se hallaba, en su inauguración adornada, con los mismos vestidos que trajeron de España los Rodriguez a finales del siglo XVII. La misma no existe más. El tiempo ha destruido no solamente los vestidos, sino que ha deteriorado la imagen misma. Lamentablemente no se sabe qué fue de ella, tal vez este en casa de algún coleccionista de antigüedades.

El antiguo edificio de estilo neo-gótico, conservó las lineas en las posteriores ampliaciones. Constaba de una sola nave, pero a uno y otro lado fueron construidas varias habitaciones que, con el correr del tiempo, se transformaron en naves laterales, poco estéticas pero necesarias para recibir la afluencia cada vez mayor de fieles.

En 1875, con el fallecimiento de Marcelino, comenzaron los problemas familiares por el reparto de las tierras. Fue recién en 1884, y después de mucho discutir, que los hermanos decidieron donar los terrenos para evitar discusiones mayores. Es así que, la capilla y los terrenos anexos donde funcionaba la escuela se cedieron a la orden Salesiana  y la otra parte se donaron a la Sociedad de Beneficencia, para la fundación de un asilo para niños administrado por las Hermanas de San Vicente de Paul.

En 1896, para ampliar la primitiva capilla, se modificaron las construcciones que se encontraban a los costados del templo, transformándolas en dos naves laterales y se construye la torre de 54 metros. La misma, cuyos planos son del Ingeniero Domingo Donati, fue bendecida por Monseñor Castellanos. La misma se destacaba con entre la chatura de la edificación circundante. El 6 de julio de 1902, se colocó el y se coronó con la imagen del Cristo Redentor. Esa estatua de bronce representa un homenaje a León XIII en el año jubilar de su pontificado. Mide 4,30 metros y sus autores fueron los escultores italianos: Geronzio Fontana y Juan De Marchi. Es de cobre cincelado y dorada en oro de alta calidad, trabajada en los talleres de Luis Del Bo en Milán, Italia, siendo la efigie idea de Rosa Zanazio, cuyo modelo había sido aprobado y bendecido por el Papa León XIII. Con la torre se inauguraron también cinco campanas traídas de Italia, consagradas por el arzobispo de Buenos Aires, Monseñor Espinosa.

En 1935 con motivo del cincuentenario de la acción salesiana en esta casa, el pintor Augusto Fusilier diseñó y ejecutó una nueva decoración en la iglesia, y en 1950 se resolvió electrificar las campanas de la torre. Pero, en 1953, ante el peligro de que la estructura del templo pudiera ceder, por ciertos indicios que ya se advertían, se resolvió demolerlo. Cabe recordar que existía en el recuerdo salesiano el luctuoso derrumbe ocurrido en la parroquia San Juan Evangelista el 21 de octubre de 1951.

El nuevo templo fue realizado por el ingeniero José Luis Delpini y el arquitecto Luciano Chersanaz. Una vez terminada la construcción de la cripta -que serviría como iglesia provisoria del colegio- se trasladaron a la misma los restos de su fundador, Marcelino Rodríguez. Este traslado se realizó, el 2 de enero de 1954.

En noviembre de 1955 se coloca la piedra fundamental  y, como ocurrió con varias iglesias de la ciudad, la construcción se demoró por problemas económicos. Fue recién en 1968 que el nuevo templo quedó inaugurado. El 15 de agosto de 1984, el Cardenal Aramburu, Arzobispo de Buenos Aires, erige el templo en parroquia, conservando el patronazgo que se había otorgado a la primitiva capilla. Deja de ser, luego de tantos años, la iglesia del colegio.