El 11 de Octubre de 2004, procedentes de Paray-le-Monial* (Francia), y en el marco del 60º Aniversario de la parroquia Santa Margarita María Alacoque, del barrio de Saavedra, y por pedido de su párroco, Néstor Omar Gallego, llegaron a nuestro país las reliquias peregrinas de Santa Margarita María. Contenidas en un relicario a modo de capilla, de sesenta y siete kilos y medio de peso. Estos sagrados restos están protegidos por una finísima tela de brocato dorado y adornados por una rosa maciza de oro.

Llegadas a Ezeiza, partieron a Pilar para ser veneradas por dos días en el Monasterio de la Visitación de Santa María. El día 13, fueron trasladadas a la Catedral Metropolitana, y tras una misa presidida por el Vicario General de la Arquidiócesis, Mons. Joaquín M. Sucunza, fueron llevadas a la parroquia. Se expusieron para su libre veneración, delante del altar, por tres días consecutivos, en el transcurso de los cuales se celebraron cuatro misas diarias.

Daniel Artola, del periódico zonal El Barrio, relató la llegada del relicario de la siguiente manera:

Es miércoles 13 de octubre y en la parroquia de la calle Pico 4950 el movimiento de gente es incesante. Varios colaboradores que lucen pecheras blancas ajustan los detalles para el gran recibimiento, mientras un grupo mujeres reparte a los visitantes recipientes de plástico con pétalos de flores naturales.

-Es para darle la bienvenida a Margarita -dice alguien.

Son las tres de la tarde y la ansiedad crece, porque esa es la hora señalada para su arribo al templo, a su casa.

-Están viniendo por la avenida General Paz -anuncia otro colaborador.

Un muchacho sube la escalera que lleva al campanario para preparar el recibimiento con tañidos elocuentes. Los vecinos forman fila a los costados de las escalinatas de ingreso y en sus puños tienen los pétalos para arrojarlos sobre el relicario. La primavera se suma a la fiesta con un día radiante y lleno de luz. De pronto, por la avenida Ricardo Balbín, dobla una motocicleta de la Policía que hace de escolta. Tras ella se ve una camioneta que luce carteles con la imagen de la santa. Un concierto de bocinas de varios autos acompañantes anuncia lo que todos esperaban. “Por fin llegaron”, respira una coordinadora y suenan las campanas más afinadas que nunca. De la camioneta baja el Padre Néstor Gallego, párroco de la iglesia y promotor de la idea. De otro vehículo descienden Raúl e Isabelle, los amigos franceses. Raúl es flaco y alto. Lleva lentes y los rasgos de su cara son finos. Sin perder tiempo enciende una filmadora y comienza a registrar todo lo que pasa a su alrededor. Su mujer es también alta y rubia.

Entre sonrisas y palabras de satisfacción, varios hombres levantan la tapa del baúl de la camioneta y los curiosos rodean el móvil. Unos disparan flashes, otros miran con asombro. Se ve una valija acondicionada para transportar semejante tesoro. Varios voluntarios asen las manijas y suben las escaleras. Vuelan pétalos y los aplausos rompen la siesta del miércoles. Ya adentro, quitan los precintos de seguridad y retiran los paños de goma espuma que se usan de protección. El relicario luce sobre una mesa acondicionada con flores. Tiene varias puntas de metal a lo alto y a los costados unos cristales transparentes. Adentro se conservan en buen estado, escapando de la degradación, un par de costillas y de clavículas junto a un pedacito de cerebro. “Por lo visto, Margarita quería venir a vernos”, dice el Padre Néstor. La gente comienza a rezar y a adorar las reliquias, que son el mejor regalo que la parroquia podía recibir en su cumpleaños número sesenta.

Una seminarista se arrodilla y las lágrimas de felicidad le cubren el rostro. Ese tipo de escenas se repetirán durante los tres días que permanecerá el relicario. Antes, al mediodía, se había oficiado una misa en la Catedral Metropolitana con la presencia de los restos y una multitud que colmó el recinto. “Donde está Margarita está la gente”, afirma el Padre Néstor.

*Paray-le-Monial es un pueblito que queda a 600 kilómetros de París, al sur de Francia. El lugar principal es el convento de una fundación de los monjes benedictinos. Vecina a ese lugar se levanta la obra de las monjas de la Visitación, donde vivió Santa Margarita.