Montserrat pasó a ser tal a partir de la creación de la Hermandad de Nuestra Señora de Montserrat, en 1755. En un terreno de la Hermandad, ubicado en la manzana de Belgrano, Lima, Moreno y Salta, se decidió construir la iglesia. El arquitecto italiano Antonio Masella llevó a cabo la obra. Esta iglesia tuvo mucha actividad ya que en sus alrededores vivían muchas familias. No era el tipo de iglesia a la que concurrían los que ostentaban alguna posición económica privilegiada. Para los favorecidos, las iglesias habituales eran Santo Domingo, San Francisco, San Ignacio, La Catedral y la Merced.

Los alrededores de la Iglesia de Montserrat recibieron un mote muy popular, se lo llamaba el barrio del mondongo, debido a que la zona había sido ocupada por los africanos que habían sido arrastrados hasta esas tierras. Ellos eran muy devotos de la Virgen Morenita de Montserrat y, a su vez comían mondongo (era la parte de la vaca a la que podían acceder porque se desechaba), cuyo característico olor dominaba varias manzanas.

Entre las muchas costumbres peculiares de la zona, tenía lugar un muy pintoresco espectáculo que pasó a formar parte de las tradiciones porteñas, los 8 de septiembre se realizaba la procesión de la Virgen Morena. Centenares de africanos  desfilaban detrás de la imagen venerada y se oían percusiones bien candomberas. Así fue como además de llamarlo barrio del mondongo, se lo nombraba como barrio del tambor.

 

En “El Vagabundo 1839” del libro de cuentos “Misteriosa Buenos Aires” de Manuel Mujica Laines menciona una clara referencia a que el barrio era rosista (los mulatos y los gauchos era el grupo de habitantes que estaban a favor de Rosas). La fiesta puede referirse a los carnavales porteños. Dice Manucho:

En el zaguán aplástase la gente. El olor de los asados que crepitan detrás de la iglesia se mezcla al perfume de las magnolias. Hay quienes se han puesto de rodillas. Afuera, brilla el rojo. Todo es rojo en la parroquia de Monserrat, esta mañana de fiesta: las colgaduras, los cintajos, los abanicos, las testeras y coleras de los caballos, los chiripás que ondulan en la brisa. Las flores y el hinojo alfombran las calles. Ilumínanse los vidrios de las casas con las luces internas y se recortan, pegados en las ventanas, los versos que elogian al Restaurador, a Rosas el Grande. Y el Restaurador avanza de pie, en la majestad del lienzo enorme pintado quizás por García del Molino (Fernando García del Molino militar y pintor chileno). Triunfa en el carro lento, tapizado de seda escarlata, que los clérigos, los militares y los magistrados empujan hacia la iglesia de Monserrat, como si condujeran en alto, sobre las ruedas pesadas, una hoguera