Todos los días más de 3 mil personas recorren sus 14 capillas y el mausoleo del general José de San Martín. Sin embargo, la Catedral de Buenos Aires guarda un espacio apenas visitado: una cripta construida hace tres siglos. Desde finales del siglo pasado, esta curiosidad porteña apenas conocida fue abierta al público después de permanecer cerrada durante varios años.

En ese lugar, las voces del cura y los feligreses que participan de la misa matinal apenas se escuchan. Son un susurro en un ambiente de paredes blancas y pisos color ladrillo. Descansan allí los restos del primer obispo de Buenos Aires, fray Luis Pedro de Carranza, y de ilustres personajes del tiempo colonial, como Bruno Zabala, gobernador de la ciudad en 1726 y fundador de Montevideo, la capital del Uruguay.

Carranza asumió el obispado en 1621 y se mantuvo en ese cargo hasta que murió, en 1632.No pudo ver el templo que reemplazó a la precaria construcción de adobe y paja que él conoció. La segunda Catedral se inauguró en 1671: eran tres naves divididas por pilares y arcos de ladrillos con techos de madera y una torre.

La cripta, una habitación abovedada, guarda parte de la historia del período colonial. Por ese entonces, los cementerios no existían y los personajes importantes eran sepultados en los templos, en el sector ubicado entre el atrio y el altar mayor. Los demás pobladores -pobres, esclavos y sirvientes- de lo que por ese tiempo no era más que una aldea eran enterrados en los campos que rodeaban a las iglesias.

Cuando Juan de Garay fundó por segunda vez la ciudad. En un terreno asignado por el adelantado, se levantó la Iglesia Mayor. Una precaria construcción a la que sucedieron siete edificios: uno tras otro se deterioraron al punto del derrumbe o la necesidad de demolición. Sin embargo, la cripta permaneció y hasta esquivó los planes de renovación que se impusieron con cada nueva construcción. Y así se convirtió en el lugar más antiguo de la Catedral. Aunque no encontré documentos a partir de los cuales se pueda determinar el año de su construcción, en una charla que tuve con el arquitecto Pedro Simmermacher me dijo que cree que se realizó en los primeros años del siglo XVIII.

Para llegar a la cripta, hay que rodear el retablo mayor, totalmente realizado en madera y dorado a la hoja. Después de bajar unos escalones se llega a un pasillo. Una escalinata en medio del corredor, interrumpida por una reja colonial, marca la entrada a la cripta. En ese lugar, no hay más que un pequeño altar, una silla tapizada con terciopelo rojo y los nichos de los religiosos y ciudadanos ilustres. Como ocurre en todas las iglesias coloniales no hay nombres femeninos.

Allí estuvieron, en 1880, los restos del general San Martín hasta que fueron llevados al mausoleo donde están actualmente.

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