Ubicada en el subsuelo de la Basílica del Santísimo Sacramento, en el barrio Retiro, la cripta fue inaugurada en 1911, cuatro años antes que el templo del nivel superior. Entre las puertas de la entrada, se ve la tumba de la benefactora de la Basílica, en una capillita que corresponde a la base del campanario central. Construida en un estilo románico más sencillo que el templo principal, la cripta está hecha con materiales de la calidad más alta que se encontraba en Europa a principios del siglo XX: piso granítico de Alemania; mármoles y luminarias de Italia; columnas de piedra de una sola pieza, y bancos de maderas de Brujas, Bélgica.

El altar, revestido de piedra ónix conserva una “joya que pasa inadvertida”, según me dijo el padre Leopoldo Jiménez Montenegro, párroco de la basílica en 2011, que es el baldaquino, es una especie de templete donde se coloca la custodia con el Santísimo para su adoración. “Esa cúpula es una sola pieza de ónix muy difícil de conseguir” comentó el párroco.

La construcción fue diseñada en París por los arquitectos franceses Chauvet y Coulomb y ejecutada, bajo la dirección técnica del italiano Ernesto Vespignani. Quien quitó del proyecto inicial dos hileras de columnas, con las que Mercedes Anchorena mandó construir otra iglesia: Nuestra Señora de las Mercedes, hecha en su honor, en Echeverría al 1300, en Belgrano.

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© Miguel Cabrera